Voces Universitarias | Rogelio Sotero Reyes Galaviz*
Voces Universitarias | Rogelio Sotero Reyes Galaviz*
La inteligencia artificial ha sido un tema muy sonado últimamente. En cierta medida, parece haberse convertido en una tendencia impulsada por la presión de las empresas tecnológicas por hacernos dependientes de sus productos, pero también por la necesidad de las personas de pertenecer a algo.
Aunque actualmente el término “Inteligencia Artificial” forma parte del vocabulario cotidiano de una gran parte de la sociedad, como algo muy familiar por las interacciones que han tenido con esta tecnología, aún existe un analfabetismo brutal que la asimila casi a magia o a la idea de que detrás hay personas generando las respuestas como un método de control de masas, llevando a la sociedad a un desprecio/terror colectivo por toda la falta de información alrededor del tema.
Que si es de preocupar el futuro de esta tecnología, pero no por sí misma, sino por los intereses monetarios que existen detrás. Y quizá esta reacción no sea del todo nueva. La historia de la Inteligencia Artificial demuestra que nuestra relación con ella siempre ha estado marcada por ciclos de fascinación, expectativas y posterior desencanto.
Históricamente se han tenido veranos e inviernos en el campo de investigación de la Inteligencia Artificial. Los primeros veranos llegaron acompañados de grandes promesas: máquinas capaces de razonar, aprender y algún día incluso pensar como los seres humanos. Sin embargo, en aquellos tiempos cuando aquellas expectativas no se cumplieron debido a la poca capacidad tecnológica disponible, el entusiasmo cedió ante la frustración y llegaron los llamados inviernos de la IA, períodos de escaso financiamiento y pérdida de interés dentro de la sociedad.
Hoy en día, parece que estamos viviendo un buen verano, pues desde el 2017 que se proponen las arquitecturas Transformer (un tipo de red neuronal) en el artículo “Attention is all you need” de Ashish Vaswani y un grupo de investigadores pertenecientes a Google, el mundo pareciera que le halló sentido a todo ese campo que solo los computólogos y geeks hablaban, la inteligencia artificial y sus aplicaciones (Vaswani et al., 2017). A partir de los Transformers surgieron los llamados LLMs (Large Language Models o grandes modelos de lenguaje), sistemas de inteligencia artificial entrenados con enormes cantidades de texto para aprender patrones del lenguaje y generar respuestas coherentes que parecen escritas por una persona. ChatGPT, Gemini o Claude son ejemplos de esta tecnología. La arquitectura Transformer se convirtió en una pieza fundamental para el desarrollo de modelos capaces de trabajar con texto, imágenes, audio, video y otros productos digitales.
Pero, aunque para los entusiastas tecnológicos este verano nos parezca fascinante, hay cosas que deberían de preocuparnos y ponerles verdadera atención. Este texto se centra en el uso desmedido y poco consciente de estas tecnologías y su impacto en el medio ambiente para generar una reflexión. Pues, al tener de forma gratuita el acceso a estos modelos, muchos hemos utilizado de manera irresponsable sus servicios. Pero de eso hablaremos en la siguiente entrega.
*Profesor-Investigador, Depto. Ciencias Básicas e Ingenierías, Universidad del Caribe
1.Vaswani, A., Shazeer, N., Parmar, N., Uszkoreit, J., Jones, L., Gomez, A. N., Kaiser, Ł., & Polosukhin, I. (2017). Attention is all you need. Advances in Neural Information Processing Systems, 30.
2. Luccioni, A. S., Jernite, Y., & Strubell, E. (2024). Power hungry processing: Watts driving the cost of AI deployment? In Proceedings of the 2024 ACM Conference on Fairness, Accountability, and Transparency (pp. 85–99). Association for Computing Machinery. https://doi.org/10.1145/3630106.3658542
Anteriormente, ya había escrito en este espacio sobre la propina en México, pago que reciben los trabajadores del sector restaurantero por atender a los comensales. Aunque desde la perspectiva del consumidor se concibe como una gratificación voluntaria otorgada por el reconocimiento del servicio recibido, para numerosos trabajadores del sector restaurantero representa una fuente fundamental de sus ingresos. Esta dualidad genera una primera contradicción: mientras el comensal tiene la libertad de decidir si entrega una propina y determinar su monto, el trabajador puede depender económicamente de un ingreso sobre el cual no tiene certeza ni control. Por consiguiente, una parte de su bienestar económico queda vinculada a las decisiones individuales de los clientes y no exclusivamente a la remuneración garantizada por su empleador.
Esta situación adquiere mayor relevancia cuando se considera la estructura salarial existente en determinados establecimientos restauranteros mexicanos. Giglia y Robles, investigadores de esta línea de estudio, documentan condiciones en las que las propinas permiten complementar salarios insuficientes e incluso casos en los cuales trabajadores formalmente incorporados a la nómina no reciben efectivamente el salario correspondiente. De esta manera, la existencia de las propinas puede contribuir a normalizar una estructura de remuneración en la cual el salario pagado por el empleador resulta insuficiente y se asume que será compensado con el dinero proporcionado directamente por los comensales.
El problema no necesariamente se hace evidente cuando se observa exclusivamente el ingreso mensual total del trabajador. Una persona puede obtener mediante las propinas una cantidad que, sumada al salario base, represente un ingreso considerablemente superior al salario mínimo. Sin embargo, ello no significa necesariamente que disfrute de estabilidad económica o de mejores condiciones laborales. En la información recopilada para Cancún se señala, por ejemplo, que trabajadores del sector pueden alcanzar ingresos mensuales de entre $18,000 y $20,000, aunque una parte sustancial procede de las propinas. Al mismo tiempo, se han reportado establecimientos donde los trabajadores se encuentran registrados con el salario mínimo, y en algunos restaurantes, ni salario tienen.
La dependencia de las propinas introduce, además, una componente de incertidumbre económica. El trabajador no puede determinar anticipadamente cuánto recibirá, pues sus ingresos pueden variar según la cantidad de clientes, el consumo realizado, el turno asignado y la decisión del comensal respecto del porcentaje que desea entregar. Curiosamente, los resultados que hemos obtenido de nuestra investigación en Cancún son contrarios a la pregunta de investigación inicial “¿Los trabajadores del sector restaurantero de la ciudad de Cancún prefieren un esquema de remuneración que les garantice un ingreso digno mediante un salario fijo, en sustitución de un esquema en el que sus ingresos dependan de las propinas?”, en la que creíamos que los trabajadores del sector restaurantero preferirían un sueldo digno sin propina, que un sueldo bajo (o sin sueldo) pero con propina.
Explicar lo anterior puede parecer difícil al compararlo con los resultados que estamos obteniendo en la ciudad de Puebla, dónde los resultados indican que los trabajadores de los restaurantes prefieren un buen sueldo sin propina, pero que les garantice estabilidad económica. Como investigador, esta diferencia de resultados en dos ciudades mexicanas, te hace tener más dudas, pero de repente, la respuesta aparece cuando en ciertos restaurantes de Cancún, te entregan la cuenta con las opciones de dejar 15%, 20% o hasta 25% de propina, en dónde dejar el 10% no es opción ¿alguna duda?
* Profesor de Tiempo Completo de la Universidad del Caribe, miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel 1) del CONAHCYT.
Voces Universitarias | Angelica Selene Sterling Zozoaga*
Muchas personas creen que para abrir un negocio restaurantero solo es necesario comprar insumos, preparar platillos con buen sabor y ponerlos a la venta con el mejor de los servicios y una gran sonrisa. Si bien estos elementos son fundamentales, resultan insuficientes para que un emprendimiento tenga éxito y permanezca en el mercado. Hoy en día, una importante cantidad de establecimientos está en manos de líderes improvisados que carecen de la formación técnica, práctica y de las habilidades de liderazgo necesarias para administrar y gestionar una empresa de manera eficiente.
Como lo indican los datos estadísticos, esta falta de preparación suele provocar que el negocio fracase dentro de su primer año de operación. Esto se traduce no solo en una pérdida económica para el inversionista, sino también en el desempleo de los colaboradores; un fenómeno que, a escala macroeconómica, frena el crecimiento del sector y disminuye la recaudación fiscal.
Una de las evidencias de esta falta de preparación se observa en el diseño del menú, el establecimiento de precios y la estandarización de los productos. Es común notar la ausencia de recetas estandarizadas, lo que provoca variaciones en la presentación de un mismo platillo, así como la falta de control de mermas, que deriva en desperdicios importantes de insumos. A esto se suma un análisis deficiente de costos: los precios suelen fijarse por intuición o tratando de imitar o mejorar el precio de la competencia, sin considerar a detalle los gastos de elaboración. En este mismo sentido, se lanzan promociones que, si bien pueden atraer a más clientes o incrementar el volumen de ventas, no necesariamente generan utilidades reales porque el volumen de egresos puede ser superior al de los ingresos.
Por otra parte, la falta de preparación en liderazgo, gestión de talento humano y manejo de equipos de trabajo, puede propiciar ambientes laborales hostiles. Esto detona una alta rotación de personal que se vuelve insostenible, ya que, cada persona que renuncia, se lleva consigo el tiempo y dinero invertido en su capacitación, afectando además la operación diaria del negocio.
Toda esta desorganización y falta de control interno se proyecta inevitablemente en el producto y el servicio. En el sector de la hospitalidad, el cliente busca consistencia: espera recibir la misma calidad en su platillo y la misma calidez en el servicio, sin importar el día de la semana que asista. Cuando un restaurante se gestiona de forma empírica o por intuición, la probabilidad de lograr esa consistencia es mínima. El comensal nota de inmediato la irregularidad: un día la porción es más pequeña porque se descuidaron las compras o lo está preparando una persona diferente, y al otro, el servicio es lento porque el personal está desmotivado o es completamente nuevo.
La solución a esta problemática no es cerrar las puertas al emprendimiento, sino reconocer la necesidad urgente de la profesionalización. Quien decida ponerse al frente de un negocio restaurantero debe tener la madurez para capacitarse constantemente y buscar las opciones adecuadas para su desarrollo. En este sentido, la Universidad del Caribe ofrece la maestría en Gastronomía Internacional, un programa diseñado para dotar a las personas que dirigen negocios restauranteros herramientas clave para su administración y gestión. A través de clases virtuales semanales con un costo muy accesible, esta opción académica es una plataforma valiosa para transformar la intuición en dirección empresarial estratégica y exitosa.
*Profesora-Investigadora de Gastronomía, Universidad del Caribe.
Voces Universitarias | Dra. Carmen Lilia Cervantes Bello*
Solemos atribuir la escasa participación cultural a la falta de interés. Decimos que la gente no participa en actividades artísticas y culturales. Pero quizás estamos formulando mal la pregunta. Antes de discutir el interés por la cultura, habría que preguntarnos algo más básico: ¿quién tiene realmente tiempo para ella?
La respuesta obliga a mirar más allá de la oferta cultural. El acceso a la cultura no depende únicamente de la existencia de recintos culturales o festivales. En realidad, depende de algo mucho más simple: disponer del tiempo necesario para habitarlos. En una ciudad donde los traslados consumen horas valiosas y donde abundan esquemas fragmentados que terminan devorando el día entero, el tiempo libre se ha convertido en un recurso cada vez más desigual.
Paradójicamente, esta reflexión surge en un momento de crecimiento cultural para la ciudad. Cancún atraviesa un auge de iniciativas artísticas, espacios independientes y proyectos comunitarios que han enriquecido notablemente la vida cultural local. Precisamente por ello la pregunta se vuelve más urgente: si la oferta existe y continúa expandiéndose, ¿qué impide que más personas puedan habitarla plenamente?
Esta no es una preocupación nueva. El filósofo Jacques Rancière encontró una pista reveladora al estudiar a obreros del siglo XIX que, después de jornadas agotadoras, dedicaban sus noches a escribir poesía. Lo extraordinario no era que escribieran poesía, lo extraordinario era que reclamaban el derecho a hacerlo. Aquellos trabajadores se negaban a aceptar que sus únicas funciones fueran trabajar, descansar y volver a trabajar. Al escribir poesía afirmaban algo radical: que la creación y el pensamiento no son privilegios reservados para unos cuantos, sino expresiones fundamentales de la condición humana.
Rancière llamó a esto el “reparto de lo sensible”: la manera en que una sociedad decide qué vidas son visibles, qué voces importan y qué personas merecen tiempo para imaginar otros mundos. En el fondo, también determina quién dispone del tiempo necesario para disfrutar de la belleza y quién queda atrapado en la lógica de la supervivencia cotidiana.
Traer esta reflexión a Cancún resulta especialmente pertinente. Vivimos en una ciudad que valora permanentemente la productividad, pero que rara vez cuestiona cuánto tiempo queda para hacer algo distinto. Con frecuencia se considera que la cultura es algo secundario frente a necesidades más urgentes. Pero esa idea encierra una forma silenciosa de desigualdad: reducir a las personas a sus necesidades más inmediatas.
Por eso reclamar tiempo para la cultura no es un capricho ni una demanda elitista. Es una postura política. Porque cuando una ciudad obliga a las personas a concentrar casi toda su energía en trabajar, corre el riesgo de exiliarlas del derecho a la belleza. Y una sociedad que renuncia a la belleza termina empobreciendo mucho más que su vida cultural.
Voces Universitarias | Brenda Lizeth Soto Pérez
La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) en 2026 representa uno de los acontecimientos económicos y comerciales más relevantes para la región de América del Norte. A seis años de su entrada en vigor, el acuerdo enfrenta su primera evaluación formal, en proceso previsto en el artículo 34.7 que permite a los tres países determinar su continuidad y definir posibles ajustes para responder a los nuevos desafíos económicos, tecnológicos y geopolíticos.
Este proceso se desarrolla en un contexto internacional complejo, caracterizado por tensiones comerciales con Asia, a relocalización de cadenas de suministro (nearshoring), la transformación digital y la creciente competencia por atraer inversiones estratégicas. Por ello, los gobiernos de los tres países han iniciado desde 2025 una serie de consultas públicas, mesas sectoriales y reuniones técnicas para construir sus respectivas posiciones de negociación.
En el caso de México, la Secretaría de Economía llevó a cabo un amplio proceso de consulta que incluyó 30 mesas sectoriales y ejercicios de participación en las 32 entidades federativas. Estas actividades reunieron a representantes empresariales, cámaras industriales, académicos, gobiernos estatales y diversos actores económicos con el objetivo de identificar fortalezas, debilidades y áreas de oportunidad dentro del tratado. Los resultados muestran un respaldo mayoritario a la continuidad del T-MEC, debido a su importancia para las exportaciones, la atracción de inversión extranjera y la integración de las cadenas productivas regionales.
Durante los primeros meses del 2026 comenzaron las mesas de trabajo y negociaciones preliminares entre México y Estados Unidos. Las primeras reuniones se han concentrado en temas estratégicos como las reglas de origen, particularmente en la industria automotriz, acero y aluminio; la seguridad económica regional y la competitividad frente a las economías asiáticas. Uno de los puntos más sensibles es la propuesta estadounidense de fortalecer los requisitos de contenido nacional en ciertos sectores de manufactura.
¿Son estos temas algo negativo para México? No, por el contrario, un mayor requerimiento de contenido nacional en el T-MEC representa más oportunidades para los 3 países. Desde el 2023, han buscado la sustitución de las importaciones asiáticas y el fortalecimiento de la participación regional. Esto se traduce en dejar de comprar desde Asia y comprar más entre Estados Unidos, México y Canadá.
Tanto México como Canadá han expresado ya, de manera formal, su decisión de ratificar el T-MEC hasta el 2042. Falta que Estados Unidos también lo ratifique, teniendo como fecha límite el día 1 julio 2026. En caso de que no se tenga un consenso de los 3 países, se tendrá que revisar cada año hasta el 2036, si para ese año tampoco se llega a un acuerdo, entonces sería el fin de su vigencia.
Sin duda alguna, los resultados de estas negociaciones tendrán efectos directos sobre la competitividad, la inversión y el crecimiento económico de la región durante la siguiente década.
Profesora-investigadora de Tiempo Completo de Economía y Negocios
Voces Universitarias | Dra. Laura Margarita Hernández Terrones
Llegamos al 2026 inmersos en una profunda paradoja ambiental. Mientras la innovación tecnológica alcanza hitos que parecían ciencia ficción hace apenas una década -con satélites monitoreando cada metro de biomasa y sistemas inteligentes optimizando redes eléctricas-, la realidad ambiental nos envía señales de alerta máxima. Cada año se siguen perdiendo millones de hectáreas de bosques, el desafío de cerrar la brecha de desigualdad en el acceso a recursos básicos como el agua potable, la alimentación, y el saneamiento persiste. No todos los países cuentan con la infraestructura necesaria para proveer de los servicios básicos, lo que podría ampliar la distancia entre naciones desarrolladas y en desarrollo.
Acciones como la eliminación definitiva de plásticos de un solo uso, el apoyo a la reforestación con especies nativas, la transición hacia una movilidad más limpia y el fomento de la educación ambiental en las nuevas generaciones son, sin duda, cada día vez más urgentes. El 5 de junio, es mucho más que una fecha en el calendario, busca recordar que el progreso ambiental no depende solo de decisiones políticas, sino de la fuerza colectiva de ciudadanos, comunidades y empresas para proteger nuestro hogar común ante los desafíos climáticos actuales.
Los seres humanos tenemos el poder de hacer que las políticas ambientales más audaces pasen de ser "deseos imposibles" a ser socialmente ineludibles. Las acciones individuales no son "buenas obras" aisladas; son el mecanismo que rompe la inercia del sistema, presionando a gobiernos y sociedad a priorizar el bien común sobre el consumismo desmedido, la pérdida de los recursos y la contaminación a nivel global.
Fechas como el pasado 5 de junio, debe ser una fecha de reflexión sobre los modelos de vida, lo que las generaciones presentes y futuras enfrentan desde ahora, y hasta donde nuestro planeta podrá seguir enviándonos alertas - temperaturas extremas, desastres ambientales, enfermedades, pérdida de ecosistemas-, sin tomar acción y enfrentar el desafío que nos exige nuestro medio ambiente y quienes habitamos el planeta Tierra.
Jefa del Depto. Ciencias Básicas e Ingenierías, Universidad del Caribe
Voces Universitarias | Víctor Cantero Flores*
En el marco del Día Internacional de la Ética, se me encomendó impartir la conferencia “La ética como brújula universitaria para fortalecer la integridad, el respeto y una cultura de paz”, la cual contó con la participación de estudiantes y docentes de todas las áreas académicas de la Universidad del Caribe. Decidí centrar la charla en una pregunta tan sencilla como profunda: ¿qué debo hacer?. Más allá de los códigos de conducta o los reglamentos institucionales, la reflexión propuso entender la ética como una brújula que orienta nuestras decisiones cuando enfrentamos situaciones complejas o inciertas. Quizá una brújula no sea todo lo que necesito para encontrar la tienda con las mejores ofertas del día, pero sí puede ayudar a encaminarme y encontrarla. En este sentido, la ética no ofrece respuestas automáticas, sino criterios para reflexionar sobre nuestras acciones, sus consecuencias y el impacto que tienen en otras personas y en nosotros mismos.
Para ilustrar esta idea, pensé en un ejemplo poco convencional: el videojuego interactivo Lifeline. En él, mantienes comunicación con Taylor, joven astronauta que, en su primera misión, queda atrapado en una luna distante y que depende de tus decisiones para sobrevivir. Cada mensaje exige elegir entre distintas alternativas, sin conocer con certeza sus consecuencias. A través de esta experiencia, traté de mostrar cómo las decisiones generan responsabilidad y cómo incluso una situación ficticia puede despertar sentimientos de empatía, preocupación y compromiso hacia los demás.
La reflexión permitió establecer un puente entre el juego y la vida universitaria. Situaciones aparentemente cotidianas implican decisiones que afectan a otras personas y contribuyen a fortalecer o debilitar la confianza dentro de la comunidad. En este sentido, Taylor puede representar a nuestros compañeros, amigos, familiares o colegas: personas cuyas vidas pueden verse favorecidas o perjudicadas por nuestras decisiones o acciones.
Sin embargo, durante la conferencia surgió una reflexión adicional. Taylor no solo puede ser alguien más; también puede ser uno mismo. Así como en el juego nuestras decisiones determinan el destino del astronauta, en la vida cotidiana nuestras elecciones van dando forma a la persona que llegamos a ser. Cada acto de honestidad, responsabilidad o respeto, por pequeño que sea, fortalece nuestro carácter; cada decisión contraria a esos valores lo va minando, aunque no lo parezca. La ética, por tanto, no solo orienta nuestra relación con los demás, sino también la manera en que nos construimos como personas.
La invitación final fue mantener activa esa “brújula interior” que permite orientar nuestras acciones hacia el bien común y hacia nuestro propio desarrollo humano. La rapidez de las decisiones y la complejidad cada vez mayor de los desafíos sociales parecen exigir que la ética sea una herramienta indispensable para formar profesionistas y personas humanas capaces de responder la pregunta “¿qué debo hacer?”
*Profesor-Investigador del Departamento de Desarrollo Humano, Universidad del Caribe.