La incorporación de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) se ha consolidado como un eje fundamental en los procesos de transformación económica y en el fortalecimiento de la competitividad organizacional. No obstante, la evidencia empírica y la literatura especializada coinciden en que la sola disponibilidad de infraestructura tecnológica resulta insuficiente para garantizar resultados positivos. El verdadero desafío se encuentra en la denominada brecha digital organizacional, entendida como una desigualdad compleja que no se limita al acceso físico, sino que se manifiesta con mayor fuerza en los niveles de uso, apropiación y aprovechamiento estratégico de la tecnología.
El análisis de esta brecha ha transitado de un enfoque centrado en la dotación de equipos y conectividad brecha de primer orden hacia una perspectiva que enfatiza las capacidades, habilidades y competencias para utilizar de manera efectiva las herramientas digitales brecha de segundo orden. En el caso de las micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes), la experiencia demuestra que el éxito de los procesos de digitalización depende en mayor medida de factores internos, como el capital humano, los conocimientos tecnológicos del personal y el nivel de formación de los directivos, que de la inversión económica destinada al equipamiento.
Estudios realizados en contextos regionales como Aguascalientes y Quintana Roo muestran que, si bien muchas empresas cuentan con acceso básico a Internet y equipos de cómputo, enfrentan limitaciones significativas para avanzar hacia esquemas de uso intensivo y especializado, como la adopción de herramientas de Inteligencia Artificial generativa. Esta situación se explica, en gran medida, por la ausencia de una visión estratégica que articule la tecnología con los objetivos organizacionales de mediano y largo plazo.
Un elemento recurrente es que la digitalización suele abordarse de manera fragmentada y reactiva, enfocándose en actividades operativas como la promoción en redes sociales o la venta mediante aplicaciones de mensajería. Sin embargo, estas acciones aisladas rara vez se integran en una estrategia institucional coherente. Como resultado, se genera una desconexión crítica: mientras las organizaciones consideran que están innovando, los clientes no perciben un valor diferencial claro, ya que continúan privilegiando factores tradicionales como la confianza, el trato cercano y la reputación.
Desde esta perspectiva, la brecha tecnológica es, en esencia, un problema de cultura organizacional y de formación. La resistencia al cambio por parte de los fundadores, la ausencia de liderazgo digital y la falta de planes tecnológicos de largo plazo comprometen la capacidad de adaptación y supervivencia de las organizaciones en un entorno global altamente dinámico. En América Latina, estas limitaciones se ven agravadas por deficiencias estructurales de infraestructura
y por la carencia de marcos éticos y normativos claros en materia de seguridad y gestión de datos.
*Profesor Investigador, Depto. Economía y Negocios, Universidad del Caribe.

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