Atención fragmentada: la mirada contemplativa como acto de resistencia

  Voces Universitarias | Dra. Carmen Lilia Cervantes Bello*

Vivimos en una época que celebra la velocidad, la disponibilidad y el rendimiento constante. Sin embargo, algo esencial se ha ido perdiendo en ese proceso: la atención.

No solo como capacidad cognitiva, sino como forma de relación con el mundo. La atención no es un simple esfuerzo mental o técnica de concentración; exige una disposición del alma, una apertura silenciosa que permite que la realidad se presente tal como es. Atender implica suspender el impulso de apropiarse, dominar o consumir.

Hoy, la percepción se ha vuelto voraz. Carece casi por completo de una dimensión contemplativa, pasamos el tiempo “devorando” imágenes, datos, opiniones, notificaciones.

Miramos no para comprender ni para dejarnos afectar, sino para acumular estímulos. En lugar de demorarnos, deslizamos. En lugar de escuchar, reaccionamos. Noticias inconexas, videos breves, titulares urgentes: cada fragmento reclama atención solo para ser rápidamente reemplazado por el siguiente. La atención no se sostiene; se dispersa.

Esta fragmentación no es un efecto colateral, sino un principio de funcionamiento de la sociedad de la adicción.

Cuando la atención se debilita, las relaciones interpersonales se vacían de presencia: se escucha sin escuchar, se responde sin comprender, se convive sin estar realmente con el otro. El declive de la atención erosiona así los vínculos, empobrece el diálogo y favorece formas de relación cada vez más instrumentales, marcadas por la prisa, la distracción y la utilidad. En este sentido, la crisis contemporánea de la atención no es solo un problema cognitivo o tecnológico, sino una crisis del lazo social, que dificulta la empatía y la posibilidad misma de un encuentro genuino.

La digitalización ha acelerado de manera radical esta lógica. Todo parece estar permanentemente a disposición: la información, las personas, los territorios, incluso la intimidad. Nos habituamos a que la realidad sea inmediatamente alcanzable, calculable y consumible. Esta aparente disposición no amplía necesariamente nuestra experiencia del mundo; por el contrario, la aplana. Cuando todo está al alcance, nada exige espera. Y sin espera, no hay atención profunda.

Bajo esta presión constante que siempre reclama algo de nosotros, olvidamos la mirada contemplativa, una forma de presencia completa que no busca utilidad ni gratificación instantánea. Esta atención profunda no se fija en lo fugaz, sino en lo que sostiene sentido —ya sea un rostro humano, un texto, un paisaje, un silencio— y, al hacerlo, restituye densidad y significado a nuestra experiencia.

Recuperarla hoy no es desconectarse del mundo, sino volver a habitarlo con profundidad.

Escuchar al otro, al mundo, a uno mismo requiere tiempo, silencio y vulnerabilidad.

Recuperar la atención, como proponía Simone Weil, no es desconectarse del mundo, sino volver a habitarlo con profundidad. Tal vez hoy, más que nunca, atender sea un acto de amor y resistencia.

*Profesora-Investigadora, Depto. Economía y Negocios, Universidad del Caribe.

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