Unicaribe, un velocísimo tren bala

 


         

Voces Universitarias | Por Eduardo Suárez* 

Tengo la enorme fortuna de pertenecer a esta institución casi desde que era únicamente eso: la intangibilidad formal de un encargo social, un dictamen, una prescripción. No había ninguna instalación, aula, laboratorio, taller u oficina. No estaba un solo ladrillo puesto. Lo que existía era algo cuya enorme potencia era invisible, pero se sentía como una presencia asombrosamente viva. Más de un par de decenas de años después, con la realidad concreta y evidente frente a todos nuestros sentidos, es necesario detenerse a tratar de entender en lo que se ha convertido esa posibilidad: esta realidad imponente. 

Nuestro cerebro funciona de, cuando menos, dos formas distintas. Por un lado, es una herramienta heurística, de análisis y de percepción lineal del tiempo. Por la otra, funciona como un espejo inteligente, holístico e intemporal, cuyo lenguaje es el de los grandes mitos, los relatos trascendentes y los símbolos universales. 

Desde la primera modalidad, es muy fácil expresar con claridad, precisión y concisión la esencia de nuestra institución. La formalidad de la Universidad del Caribe no sólo es una sólida y robusta obra de ingeniería; además es una obra arquitectónica de singular belleza y funcionalidad, una que tiene siempre sus retos y áreas de oportunidad. Cualquier mirada a nuestra planeación estratégica, sistema de gestión de calidad o modelo educativo evidencian de inmediato el fino razonamiento, la extraordinaria disciplina y el dedicado compromiso de los miembros de su organización. 

Sin embargo, a pesar de la indudable utilidad de este punto de vista, en esta ocasión, más cercana a los mitos de creación que a los decretos gubernamentales, prefiero echar mano de la lente mágica de la imaginación, la intuición y la creatividad. 

Les pido, por un momento, que miren a nuestra institución desde la mejor de las perspectivas, desde lo alto del cielo, como lo harían las águilas. Quizá, como yo, podrán ver dos grandes océanos: uno verde, orgánico y diverso, y otro zarco, vítreo y misterioso, surcados ambos por una gran flota de veleros blancos de tres mástiles, con las lonas hinchadas al máximo. O un enorme continente selvático, al borde del mar más transparente del mundo, un territorio por el que corre velozmente un futurista ferrocarril, de vagones blancos y aerodinámicos. 

Supongo que cada uno de los asistentes ha mirado en su espejo interior y ha creado su propia metáfora. Por una razón que bien hago en recordar, la figura que acude siempre a mi imaginación es la de un velocísimo y cómodo tren bala, impecablemente blanco. En su interior se transporta y resguarda lo más importante de nuestra comunidad: su juventud. Desde el cielo, su trayectoria muestra una decisión y un empuje imparables. ¿A dónde se dirige con su importantísimo pasaje y carga?, ¿qué es lo que lo impulsa? 

La dirección es clara: va hacia el futuro, pero sus panorámicos ventanales, limpios y transparentes, muestran que su visión presente es igual de importante que su destino. Si miramos a través de ellos podremos ver en su interior la razón de su ser: miles de personas jóvenes se mueven por todos lados, platican, argumentan, cantan, leen, ríen, tocan el ukulele, reflexionan, escriben y, sobre todo, sueñan. Lo hacen completamente despiertas. Es un prodigioso privilegio poder observarlas. 

¿Qué es lo que impulsa a este poderoso y moderno ferrocarril blanco?, ¿cuál es su carburante? Pudiera pensarse que es el optimismo. Pero no, esta ingenua disposición es un tibio caldillo para el alma. A veces ni nutre, ni llena el vientre. Hubo momentos durante la pandemia en que mostrar optimismo hubiera resultado en una actitud no sólo irresponsable, sino además francamente zafia. 

No: el combustible de este tren es algo mucho más poderoso. Es algo capaz de arder en la atmósfera más enrarecida, de iluminar en la oscuridad más densa y de calentar en el frío más paralizador. A este vigoroso tren lo mueve la esperanza. 

La esperanza no es un concepto fácil ni univalente, ni en su significado ni en su influencia. Tanto Friedrich Nietzsche como Albert Camus, por citar a dos importantes filósofos, la rechazaban como una actitud irracional. Ambos, es necesario y triste recordar, tuvieron vidas atormentadas y llenas de angustia. Este tipo de claridad no alumbra, no sirve de faro pedagógico.

Es innegable que la esperanza siempre ha desempeñado un papel imprescindible en la motivación humana, tanto en lo material como en lo político y lo espiritual. Para comenzar, es quizá el único antídoto contra el desaliento, el desánimo y la desolación. Puede sostener, como ninguna otra virtud, a la capacidad de agencia humana frente a lo que se presenta como insuperable. 

La esperanza no sólo contiene componentes cognitivos, ya que requiere de buena información acerca de la posibilidad de ocurrencia de ciertos eventos, sino además incluye elementos conativos, de deseo y aspiración. Quien tiene esperanza desea intensamente algo de suma importancia y conoce a cabalidad la enorme dificultad para conseguirlo. No se detiene por los obstáculos; muy al contrario, los aprovecha como acicates o escalones. La esperanza es el más firme y seguro puente entre la acción presente y el futuro anhelado.

El día de hoy tengo la honrosa distinción de representar a nuestra Universidad del Caribe para agradecer a nuestros queridos compañeros, objeto de este reconocimiento, por su insustituible aporte a nuestro combustible más fundamental: nuestra esperanza. 

Ellas y ellos nos han enseñado que nuestra institución no es un ente que promueva o requiera de transformación, sino que encarna, en sus personas, y objetiva, en sus instalaciones, a la transformación misma, la que nos exige nuestra sociedad. También ellas y ellos nos han dado una lección de capital trascendencia: a este tren es ineludible cambiarle de motores, y hasta de ruedas, siempre en pleno movimiento. 

La pandemia del covid, con sus dificilísimos retos, nos obligó a sustituir repetidamente todos los motores y todas las ruedas. Esto nos hizo dar fuertes tumbos y sentir grandes sacudones, pero también evidenció el valor incalculable de las esperanzadoras aportaciones de todos ustedes. La Universidad del Caribe jamás se detuvo, ni cambió de rumbo; ni siquiera alteró significativamente su velocidad. Muchas, muchísimas gracias.

*Profesor de Desarrollo Humano 

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