Voces Universitarias | Dr. Juan Boggio*
En el norte de Italia, tras la unificación de 1861, emergió una cultura emprendedora fundamentada en el racionalismo aplicado, la vocación por el oficio y una disciplina empresarial rigurosa. En el Politecnico di Milano y el Politecnico di Torino, los estudiantes no solo dominaban fundamentos técnicos; también concebían proyectos empresariales en laboratorios, círculos de debate y concursos de prototipos. Asimilaron que innovar implica someter cada propuesta al escrutinio empírico: diseñar, medir, refinar y rediseñar; un método que posteriormente adoptaron centenares de empresas en toda Europa.
Una anécdota célebre ilustra ese espíritu práctico y resuelto. En 1962, Ferruccio Lamborghini, empresario agrícola con obsesión por la precisión mecánica, escribió a Enzo Ferrari para señalar deficiencias en el embrague de su 250 GT; la respuesta desdeñosa de Ferrari, "ocúpese de sus tractores", encendió la determinación de Lamborghini; aquella misma noche concibió su propio deportivo, articuló su dominio técnico con la ambición de liderazgo sobre ruedas y así surgió un referente de innovación disruptiva.
Pirelli, desde Milán, construyó su imperio sobre una logística racionalista que optimizaba rutas, reducía desperdicios y transformaba caucho en producto global; en cada planta, equipos formados en procesos sistemáticos registraban tiempos y resultados para perfeccionar operaciones de manera constante y colaborativa.
En Turín, Giovanni Agnelli convirtió FIAT en símbolo de movilidad social y producción en serie; instituyó la rotación de funciones para que los colaboradores transitaran por cada estación de trabajo y comprendieran todas las fases del proceso productivo; así democratizó el automóvil mediante modelos robustos y accesibles.
Adriano Olivetti, en Ivrea, elevó el diseño con vocación comunitaria a otra dimensión: en 1960, su Centro Studi desarrolló el ELEA 9003, una de las primeras computadoras europeas completamente transistorizada; además fundó la revista Comunità, cooperativas de vivienda para empleados y espacios culturales con música, arte y café integrados al entorno laboral; su empresa-ciudad demostró que el bienestar colectivo potencia la creatividad y la productividad.
En Génova, Ansaldo especializó a sus equipos en proyectos de infraestructura: puertos, centrales eléctricas y líneas ferroviarias articularon regiones y modernizaron el país; cada obra constituyó un acto de cohesión nacional y de aplicación rigurosa del conocimiento al servicio del desarrollo.
¿Qué lecciones ofrece esta tradición emprendedora a Cancún y a la Universidad del Caribe?
Someter las ideas al método: planificar ciclos semanales de prueba y ajuste al modo del Politecnico di Torino. Diseñar entornos híbridos y flexibles donde fluyan ideas sin fricciones, tal como concibió Olivetti en su empresa-ciudad. Tejer alianzas sólidas con universidades, clústeres turísticos y emprendedores locales; la red constituye la palanca de crecimiento.
El denominador común de estos casos es el sapere fare: un saber hacer metódico, colaborativo y orientado a resultados concretos. Esa lógica operativa, más que cualquier contexto geográfico particular, explica la capacidad de transformación que exhibieron estas empresas.
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*Profesor-Investigador de Economía y Negocios, Universidad del Caribe.
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