Covid: carambola perversa de muchas bandas

 


InnovACCIÓN | Por Eduardo Suárez*

Los virus no son parejos. Su impacto es diferenciado: no es lo mismo contraer una enfermedad si uno es hombre o mujer, joven o viejo, si tiene trabajo o está desempleado, si pertenece a una clase acomodada o a una en desventaja económica... Sin embargo, la situación no es así de simple de entender; quienes tienen ventajas están muy lejos de estar seguros. Falta la otra mitad, que no ha sido cabalmente comprendida: el efecto democratizador de la pandemia.

Si algo ha hecho la covid-19 es desnudar las injusticias sociales, con una fuerte lección: Si enferman los más desamparados, la sociedad completa sufrirá fatalmente las consecuencias. Esto no es ideológico, es el más ramplón sentido común. 

¿A quiénes, entonces, se debe apoyar diferenciadamente? Ésta es una pregunta compleja. Una que requiere una reflexión detenida y muy honesta, porque si alguien se infecta todos estamos en riesgo. El virus muestra, peligrosamente, la necesidad de construir una sociedad más equitativa.

Es indudable que el impacto de la pandemia es más severo en las familias en desventaja social. Sus problemas incluyen, entre muchos ejemplos posibles, la interrupción del aprendizaje de niños y niñas en las escuelas, el deterioro en su nutrición y la disminución de calidad en el cuidado más elemental, por no mencionar la catástrofe económica, que se ha llevado los reflectores. 

El desempeño escolar de los hijos de estas familias depende de la estrecha relación que ellos forman con sus profesores y profesoras, porque a veces ellos y ellas son los únicos adultos capaces de sustentar el crecimiento intelectual de los niños, ante la educación deficiente que recibieron sus padres, quienes no cuentan con el capital cultural de familias más acomodadas. Es difícil que una familia con estas características encare el fuerte problema que representa la imposición de un rol muy exigente: que padres y madres se tornen, de la noche a la mañana, en auxiliares docentes improvisados.

Estos padres enfrentan problemas que generan un círculo vicioso: si todavía cuentan con un empleo, se verán en la necesidad de faltar al trabajo ante la imposibilidad de dejar solos a sus hijos, quienes ya no pueden ir a la escuela. Y si se quedan en casa para apuntalar su educación en riesgo, lo harán en una situación de ansiedad y zozobra, lo que evidentemente dificulta el cuidado y la formación infantil. Este círculo perverso, de problemas económicos, familiares y educativos afecta gravemente cualquier tipo de productividad. Es un dilema de cuernos muy puntiagudos.

Además, la pandemia requiere de una visión de género. Según la Wikipedia, las mujeres son cerca del 70% del personal destinado al cuidado de la salud, con lo que ellas tienen mayores riesgos de contraer la enfermedad y de infectar a sus familias. Las enfermeras, por ejemplo, enfrentan el doble filo de este dilema: tienen mayor riesgo en su trabajo y casi siempre son las encargadas del cuidado infantil en sus casas. El peligro para estas familias es tremendo, lo que representa una gran inequidad. 

Por si fuera poco, la violencia familiar y contra las mujeres se ha incrementado por la enorme presión que el encierro ha impuesto a la sociedad. Es indignante que los feminicidios sigan ocurriendo en nuestra ciudad y en nuestro país.

¿A quiénes, entonces, se debe apoyar diferenciadamente? No es tan difícil de responder: debemos dar un trato especial a niños y a mujeres, quienes se llevan la peor parte de los castigos pandémicos. Si no practicamos la justicia social como forma de vida, el virus nos obligará a ser equitativos. Es una cuestión elemental de supervivencia.

*Maestría en Innovación y Gestión del Aprendizaje, Universidad del Caribe.

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