Atención de emergencia para profes sobrecargados

 


InnovACCIÓN | Por Eduardo Suárez*

Para el estudiantado inscrito en un sistema presencial, el cuidado educativo se entiende como la atención que recibe ante dudas, inquietudes y preguntas, cuando dialoga acerca de su bienestar personal o de los contenidos de la clase. Este cuidado puede ocurrir en aulas, pasillos, oficinas o cubículos; siempre en la institución, siempre en horas hábiles.  

Esta comunicación inmediata incluye al lenguaje del cuerpo y no solo al de la palabra, lo que facilita la comprensión. El cuidado está así inserto, casi de manera invisible, en la relación personal; se caracteriza por la inmediatez y las restricciones de tiempos y lugares.

Este encuentro en espacios y tiempos previamente asignados permite al docente presencial preparar la clase con anticipación. Esto le posibilita planificar su tiempo para poder dedicarse a otras tareas, como la investigación, la extensión, la difusión de la cultura… y el indispensable autocuidado. 

En los ambientes virtuales la situación es muy diferente: debido a la tecnología, el estudiantado espera atención durante las 24 horas del día y los siete días de la semana. El guardián de esta puerta siempre abierta es su docente, el que intentará cuidar de sus estudiantes por medio de textos e imágenes, sin poder “leer” su lenguaje corporal.

La preparación de la clase con tecnología educativa también es diferente. Requiere de una atención permanente: redacción de instrucciones, respuesta de correos, atención a mensajes instantáneos, curación de materiales, documentación de derechos de autor, determinación de responsabilidades frente a la propiedad intelectual, retroalimentación por escrito a las actividades, mantenimiento de la plataforma de aprendizaje, cuidado del propio equipo de cómputo, solución a interrupciones en videoconferencias y un etcétera, etcétera que se antoja infinito y eterno. 

¿De qué manera afecta a maestros y maestras estas diferencias entre la educación presencial y la virtual? Esta pregunta es de capital importancia: el elemento ético fundamental de la educación de emergencia durante la pandemia es el cuidado. Y al hablar de él, siempre se piensa en el estudiantado, lo que es indispensable pero nunca suficiente. ¿Y el cuidado para las profesoras y los profesores?

La pregunta anterior es planteada por Ellen Rose y Catherine Adams, de la Universidad de Nueva Brunswick, en Canadá. Su preocupación radica en la siguiente observación, cegadora por su intensa claridad: el instructor virtual experimenta la accesibilidad sin restricciones y la recarga de trabajo como un frenético bombardeo de problemas y peticiones de atención. 

Esta sobrecarga extenuante insensibiliza a las y los docentes que trabajan con plataformas de aprendizaje al grado que los incapacita no solo para el cuidado de sus estudiantes, sino además para el mínimo autocuidado que requiere una relación educativa sostenible.

La respuesta es uno de los postulados de la pedagogía del cuidado, de la filósofa educativa Nel Noddings: el ideal moral de la educación estriba en que el instructor o la instructora pueda manifestar su mejor cara, que es cuando cuida con profesionalismo y es cuidado en la misma medida.

En esta pandemia es necesaria la pedagogía del cuidado. El que incluye no solo a estudiantes sino también a sus docentes.

*Maestría en Innovación y Gestión del Aprendizaje, Universidad del Caribe.

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