Voces Universitarias | Dra. Carmen Lilia Cervantes Bello*
En Cancún, el tiempo no corre igual para todos. Mientras algunos llegan a pasar unos días sin prisa frente al mar, otros viven pendientes del turno que empieza de madrugada, del camión que tarda horas en cruzar la ciudad o de ese trámite que nunca se resuelve. En este paraíso, el tiempo es un recurso profundamente desigual. Controlar el tiempo de las personas es una forma de violencia y dominación silenciosa que deja una lección clara: el tiempo de unos vale menos que el de otros.
Sin embargo, la espera no aparece por casualidad. Es resultado de un conjunto de normas jurídicas, prácticas administrativas y reglas culturales que produce jerarquías económicas y sociales y estructura la vida en la ciudad. De este mecanismo surge una población en suspenso definida por su vulnerabilidad: personas cuya vida transcurre entre contratos inestables, permisos temporales y requisitos cambiantes, obligadas a demostrar una y otra vez que merecen permanecer, trabajar o acceder a derechos básicos.
Cancún lo muestra con crudeza. Mientras que los turistas consumen tiempo al comprar descanso, diversión y olvido, los trabajadores que sostienen hoteles, restaurantes, transportes y servicios, lo producen. Otros simplemente esperan un salario digno, una vivienda estable o una oportunidad que siempre parece estar por llegar. Todo ocurre bajo el mismo sol, pero con relojes distintos.
Aquí la pregunta clave es quién controla ese tiempo. ¿Acaso esta precariedad temporal es una consecuencia inevitable del modelo turístico o el resultado de decisiones gubernamentales que se diluyen en discursos de progreso? En realidad, no se trata de una decisión aislada ni de un solo actor identificable, sino de un entramado donde el poder público y la lógica capitalista han institucionalizado la incertidumbre como forma de vida.
Los efectos de esta precariedad temporal se sienten en el cuerpo y en el día a día. La incertidumbre constante acelera el ritmo de la existencia, produce ansiedad y deja una sensación persistente de agotamiento. No hay margen para el descanso, el cuidado o el disfrute, ni para pensar más allá del día siguiente. La vida se organiza en función de sostener el presente inmediato, y esa falta de control sobre el propio tiempo termina desgastando no solo a las personas, sino también sus vínculos y la posibilidad de imaginar otra ciudad.
Aun así, esperar no siempre significa rendirse. A veces es sostener redes, inventar ritmos propios, habitar otros tiempos en medio del caos. Pero este halo de esperanza no es ingenuo ni optimista: nace de una conciencia incómoda, la de reconocer que el tiempo ha sido capturado y que esa captura no es natural. Implica entender la espera como una forma de cronopolítica, así como cuestionar un modelo que obliga a vivir siempre al límite del presente. Tal vez ahí, al empezar a pensar el tiempo de otra manera, en esos gestos mínimos y persistentes, se abra otra forma de habitar la ciudad.
*Profesora-Investigadora, Depto. Economía y Negocios, Universidad del Caribe.

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