Voces Universitarias | Dr. Juan Boggio*
Frida Kahlo pintó en 1939 una imagen que sigue perturbando: dos mujeres sentadas una junto a la otra, idénticas en rostro y en nombre, pero vestidas de modo diferente y separadas por algo que ninguna ropa logra tapar. Las une un delgado cordón de venas que recorre sus torsos. Una de las venas está rota. La sangre que debería circular entre ambas se derrama en silencio sobre su falda. Esa imagen es México.
No una metáfora poética, sino una descripción estructural. La economía mexicana existe en dos planos simultáneos que comparten territorio, moneda y gobierno, pero que rara vez se hablan. En uno de esos planos habita un sector moderno: empresas manufactureras integradas a cadenas globales de valor, maquiladoras que exportan componentes de precisión, corporativos con estándares internacionales de productividad, acceso a crédito formal y contratos que se cumplen. En el otro plano vive la mayoría: más de cuatro millones de microempresas por necesidad, mercados informales, autoempleo sin seguridad ni escala, economías de subsistencia donde el objetivo no es crecer, sino sobrevivir.
Ambas Fridas están sentadas en el mismo banco. Pero no comparten destino.
Entre 2008 y 2015, el mundo apostó al emprendimiento como motor de recuperación tras la crisis financiera. Chile lanzó Start-Up Chile y atrajo a fundadores de 37 países. Brasil desplegó su red de SEBRAE para llegar a millones de pequeñas empresas. España reformó radicalmente su legislación y logró que más de 290,000 jóvenes emprendedores aprovecharan la crisis como ventana. México también actuó: creó el INADEM, diseñó fondos de contrapartida, impulsó incubadoras y financió programas de alto impacto.
Los resultados, sin embargo, fueron distintos. Evaluaciones independientes confirmaron efectos positivos pero modestos. El problema no estaba en el diseño de los programas. El problema estaba en la estructura sobre la que aterrizaban.
El sector moderno mexicano, concentrado en el norte y orientado a la exportación, creció en productividad durante esos años. Las microempresas informales, al mismo tiempo, la vieron caer. La brecha no se cerró: se amplió. El INADEM alcanzó aproximadamente 150 a 200 empresas de alto potencial por año en un universo de millones. El aparato de política operaba en la realidad de una Frida mientras la otra permanecía invisible.
La vena que debería conectar ambos mundos, que en condiciones sanas llevaría conocimiento, tecnología y oportunidades del sector moderno al tejido informal, nunca circuló con fuerza. Las maquiladoras importaban sus insumos; los encadenamientos con proveedores locales eran escasos. La economía informal no accedía al crédito formal, ni a la protección legal, ni a los programas de apoyo. El INADEM duró cinco años antes de ser disuelto. CORFO, su equivalente chileno, lleva más de ocho décadas operando. SEBRAE, el organismo brasileño de apoyo a la pequeña empresa, supera ya las cinco décadas sin haber dependido jamás de la voluntad de un solo gobierno para sobrevivir.
El cuadro de Kahlo no termina en tragedia. Termina en suspenso, que es peor. Ahí siguen las dos Fridas: juntas, quietas, mirando al frente como si esperaran un desenlace que la pintura se niega a dar.
Lo que sí ofrece el diagnóstico es claridad: no basta con diseñar buenos programas si no se interviene en la estructura que separa los dos mundos. Mientras la vena siga rota, la sangre seguirá derramándose sobre su falda, y México producirá microempresas por necesidad donde podría estar generando empresas que crezcan, innoven y jalen al otro sector consigo.
*Profesor-Investigador Depto. Economía y Negocios, Universidad del Caribe
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