¿Es Cancún una ciudad cuidadora para las y los jóvenes universitarios?


Voces Universitarias | Christine McCoy*

 En los últimos años, el concepto de ciudad cuidadora ha ganado fuerza en el urbanismo, las políticas públicas y el debate social. A diferencia de los modelos de ciudad centrados en la productividad, el consumo o la lógica del mercado, la ciudad cuidadora propone algo básico: poner la sostenibilidad de la vida en el centro. Es decir, pensar la ciudad desde lo cotidiano: cómo nos movemos, cómo habitamos los espacios, qué tan seguros son, qué tan accesibles resultan y qué tan posible es vivir con bienestar.

Esta mirada tiene raíces en la ética feminista y en los estudios sobre la reproducción social.

Diversas autoras han subrayado que el cuidado no es un asunto “privado” ni marginal, sino una dimensión esencial para sostener la vida social y económica. Desde ahí, el enfoque se ha trasladado al territorio y a la vida urbana: ¿qué tipo de ciudad facilita el cuidado —de una misma persona, de otras y del entorno— y qué tipo de ciudad lo dificulta?

Una definición especialmente útil plantea que la ciudad cuidadora es aquella que te permite cuidarte, cuidar a otras personas, cuidar el entorno y también recibir cuidados (Chinchilla, 2019).

Bajo esta perspectiva, una ciudad cuidadora debería ofrecer espacios públicos seguros e iluminados, infraestructura que facilite la vida cotidiana, barrios con equipamientos para el cuidado, accesibilidad para personas con diversidad funcional y condiciones que fomenten la autonomía. También implica un compromiso ciudadano y una planeación urbana donde el peatón sea protagonista (Col·lectiu Punt 6, 2019).

Con esta definición en mente, se analizaron los resultados de una encuesta aplicada a 365 estudiantes de la Universidad del Caribe, con el objetivo de conocer si perciben a Cancún como una ciudad cuidadora.

Los datos son contundentes. Ante la pregunta directa sobre si Cancún es una ciudad que les cuida, el 93% respondió que no. Además, el 82% la consideró una ciudad no saludable. A esto se suma una percepción de desatención hacia las juventudes: el 64% opinó que no se toma en cuenta a las y los jóvenes, porque con frecuencia se les minimiza o se les considera inmaduros.

Un punto central en la idea de ciudad cuidadora es la movilidad cotidiana: caminar debería ser una opción real, segura y accesible. En ese sentido, las banquetas son mucho más que un detalle urbano: son infraestructura de autonomía. Sin embargo, el 69% de las y los estudiantes reportó que las banquetas no son continuas, están obstruidas o, en algunos casos, simplemente no existen. Cuando el caminar se vuelve difícil o inseguro, la ciudad deja de acompañar la vida diaria y, con ello, se aleja del ideal cuidador.

La seguridad aparece como un tema complejo. Aunque en el debate público suele dominar la idea de una ciudad insegura, en la encuesta se observa un matiz: solo el 7% dijo sentirse inseguro en su espacio favorito. Aun así, el 10% señaló que no existen medidas de seguridad en los espacios públicos que frecuenta y el 47% considera que su espacio público favorito es seguro. Sobre el estado general de los espacios públicos, las opiniones se dividen: el 33% percibe que están en malas condiciones, mientras el 38% considera que se encuentran en buen estado. Esto sugiere una experiencia urbana desigual: hay zonas o espacios que sí funcionan, pero esa calidad no es necesariamente la regla para toda la ciudad.

En términos de inclusión, los resultados también encienden alertas. El 51% considera que Cancún no es una ciudad inclusiva, principalmente por la falta de cultura de inclusión. Y un dato particularmente sensible en una ciudad costera: el 45% percibe que se limita el acceso a las playas, lo cual impacta directamente en el derecho al espacio público y al disfrute del entorno.

Cancún es una ciudad relativamente joven —con poco más de medio siglo de crecimiento acelerado— y ha impulsado un modelo de desarrollo que, con frecuencia, prioriza la atención a la industria turística. Este enfoque, aunque ha dinamizado la economía, también puede generar una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué lugar ocupan quienes viven aquí, estudian aquí y construyen su vida cotidiana aquí? A la luz de los resultados, la percepción estudiantil sugiere que aún falta mucho para que Cancún sea vivida como una ciudad que cuida.

Si de verdad queremos acercarnos a una ciudad cuidadora, el reto no es abstracto: pasa por acciones muy concretas. Banquetas continuas y accesibles, iluminación adecuada, mantenimiento de espacios públicos, políticas de inclusión efectivas, garantía del acceso a playas y, sobre todo, mecanismos reales para escuchar e incorporar a las juventudes en las decisiones urbanas. Porque una ciudad cuidadora no se define por el discurso: se reconoce en lo cotidiano, cuando habitarla no desgasta, sino que sostiene.

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