¿Quién tiene tiempo para la cultura en Cancún?





Voces Universitarias | Dra. Carmen Lilia Cervantes Bello* 

Solemos atribuir la escasa participación cultural a la falta de interés. Decimos que la gente no participa en actividades artísticas y culturales. Pero quizás estamos formulando mal la pregunta. Antes de discutir el interés por la cultura, habría que preguntarnos algo más básico: ¿quién tiene realmente tiempo para ella?

La respuesta obliga a mirar más allá de la oferta cultural. El acceso a la cultura no depende únicamente de la existencia de recintos culturales o festivales. En realidad, depende de algo mucho más simple: disponer del tiempo necesario para habitarlos. En una ciudad donde los traslados consumen horas valiosas y donde abundan esquemas fragmentados que terminan devorando el día entero, el tiempo libre se ha convertido en un recurso cada vez más desigual.

Paradójicamente, esta reflexión surge en un momento de crecimiento cultural para la ciudad. Cancún atraviesa un auge de iniciativas artísticas, espacios independientes y proyectos comunitarios que han enriquecido notablemente la vida cultural local. Precisamente por ello la pregunta se vuelve más urgente: si la oferta existe y continúa expandiéndose, ¿qué impide que más personas puedan habitarla plenamente?

Esta no es una preocupación nueva. El filósofo Jacques Rancière encontró una pista reveladora al estudiar a obreros del siglo XIX que, después de jornadas agotadoras, dedicaban sus noches a escribir poesía. Lo extraordinario no era que escribieran poesía, lo extraordinario era que reclamaban el derecho a hacerlo. Aquellos trabajadores se negaban a aceptar que sus únicas funciones fueran trabajar, descansar y volver a trabajar. Al escribir poesía afirmaban algo radical: que la creación y el pensamiento no son privilegios reservados para unos cuantos, sino expresiones fundamentales de la condición humana.

Rancière llamó a esto el “reparto de lo sensible”: la manera en que una sociedad decide qué vidas son visibles, qué voces importan y qué personas merecen tiempo para imaginar otros mundos. En el fondo, también determina quién dispone del tiempo necesario para disfrutar de la belleza y quién queda atrapado en la lógica de la supervivencia cotidiana.

Traer esta reflexión a Cancún resulta especialmente pertinente. Vivimos en una ciudad que valora permanentemente la productividad, pero que rara vez cuestiona cuánto tiempo queda para hacer algo distinto. Con frecuencia se considera que la cultura es algo secundario frente a necesidades más urgentes. Pero esa idea encierra una forma silenciosa de desigualdad: reducir a las personas a sus necesidades más inmediatas.

Por eso reclamar tiempo para la cultura no es un capricho ni una demanda elitista. Es una postura política. Porque cuando una ciudad obliga a las personas a concentrar casi toda su energía en trabajar, corre el riesgo de exiliarlas del derecho a la belleza. Y una sociedad que renuncia a la belleza termina empobreciendo mucho más que su vida cultural.


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