Voces Universitarias | Christine Mc Coy*
Existe una forma de pobreza que no aparece en los índices económicos tradicionales, que no se mide en salarios ni en acceso a bienes materiales. Se trata de la pobreza de tiempo: la situación en que las personas no cuentan con tiempo suficiente para cubrir sus necesidades básicas, para participar en la vida social y, al mismo tiempo, atender las responsabilidades de cuidado que la vida cotidiana exige.
El concepto, ha sido trabajado por economistas feministas como Diane Elson y por organismos como ONU Mujeres y la CEPAL, se centra en el hecho de que el bienestar no depende solo de cuánto dinero tenemos, sino también de cómo distribuimos nuestras horas del día.
El trabajo de cuidado —cuidar a hijos e hijas, personas mayores, enfermas o con discapacidad; cocinar, limpiar, acompañar— es invisible para la economía formal, pero sostiene todo lo que sí se contabiliza. En la mayoría de las sociedades, ese peso recae de manera desproporcionada sobre las mujeres. Cuando una mujer pasa tres horas al día transportando a sus hijos a la escuela porque no hay rutas accesibles, o cuando dedica sus tardes a cuidar a una persona mayor porque no existen servicios públicos de apoyo, no solo está agotada: está siendo empobrecida en tiempo. Ese empobrecimiento tiene consecuencias directas en su autonomía económica, su salud y su participación en la vida pública.
Aquí es donde entra el concepto de ciudad cuidadora. Una ciudad cuidadora no es simplemente una ciudad amable o bonita. Es una ciudad que reconoce el trabajo de cuidado como parte esencial de la vida urbana y que organiza su infraestructura, sus servicios y sus políticas para distribuirlo con mayor justicia. Una ciudad cuidadora diseña transporte público pensando en quién viaja con carriolas y bolsas del mercado; construye parques y espacios donde las personas mayores puedan estar con dignidad; ubica los servicios de salud, educación y apoyo familiar cerca de donde vive la gente, no a horas de distancia. En suma, toma en serio que cuidar cuesta tiempo, y que ese tiempo tiene valor.
Cancún: el paraíso que no cuida a quienes lo sostienen
Pensar en Cancún desde esta perspectiva genera incomodidad, pero una reflexión necesaria.
Cancún es una ciudad construida para el turismo, diseñada desde afuera hacia adentro: pensada para quienes llegan, no para quienes viven en ella. El resultado es una geografía profundamente desigual, donde la zona hotelera concentra inversión, infraestructura y servicios, mientras que las colonias donde vive la mayor parte de la población trabajadora —Región 94, Región 227, Villas del Rey, entre muchas otras— enfrentan calles sin banquetas, transporte escaso e irregular, ausencia de espacios públicos dignos y una distancia enorme, física y simbólica, entre donde se vive y donde se trabaja.
¿Quiénes son las personas que sostienen esa industria turística? En su mayoría, mujeres. Camaristas, cocineras, meseras, trabajadoras de limpieza, empleadas de comercios. Muchas de ellas viajan una, dos o hasta tres horas diarias en combis y autobuses para llegar a sus centros de trabajo. Cuando terminan su jornada, las espera otra: la del hogar. Cuidar a sus hijos, preparar alimentos, atender a personas dependientes. No hay guarderías suficientes, no hay horarios de servicio que se ajusten a sus turnos, no hay espacios en sus colonias donde dejar a un hijo mientras se trabaja. El tiempo no alcanza, y eso tiene nombre: pobreza de tiempo.
La pregunta que emerge no es solo técnica, es ética: ¿puede llamarse exitosa una ciudad que produce riqueza para el turismo global mientras empobrece en tiempo a quienes la mantienen funcionando?
La noción de ciudad cuidadora nos invita a imaginar a Cancún de otra manera. Una ciudad donde el transporte público llegue a las colonias periféricas con frecuencia y horarios que acompañen los turnos laborales. Una ciudad con estancias infantiles accesibles en precio y horario para madres trabajadoras del sector servicios. Una ciudad que valore los mercados de barrio, las redes vecinales de apoyo, los centros comunitarios como infraestructura de cuidado, no como rezago social. Una ciudad que entienda que el bienestar de quien cuida es condición, y no lujo, del desarrollo.
Cancún tiene frente a sí un reto que va más allá del urbanismo. Requiere preguntarse, con honestidad, a quién sirve la ciudad que ha construido. Y atreverse a responder que sirve, sobre todo, a quienes no viven en ella o no de manera equitativa
*Profesora-Investigadora, Depto. Economía y Negocios, Universidad del Caribe